Hoy tengo 38 años. 38 años puede parecer mucho tiempo; quizás lo es.
Llegué a este mundo con un cuerpo vivo, con cosas que me gustan y cosas que no. Con un cerebro que genera muchas ideas, y las desecha, y olvida. Con pasiones y obsesiones: que a veces abandono. Con un enorme potencial para grandes cosas hacer... Y perversiones. Hoy tengo 38 años. 38 años puede parecer mucho tiempo; quizás lo es. Estoy en este mundo, y no sé para qué.
Estoy en este mundo, y no sé para qué. He conocido a grandes personas; y gente que sabe lo que debo hacer. Estoy en este mundo, y no sé para qué. He conocido gente que sabe mucho, y gente que no necesita saber. Tengo 38 años, hay muchas cosas que sé.
Tengo 38 años, hay muchas cosas que sé. Sé reír y ver llover; sé desear, sé aprender, sé estar triste; tener miedo también sé. Tengo 38 años, hay muchas cosas que sé. Pero hay cosas que no sé. He estropeado grandes cosas; grandes momentos también. Vivo queriendo saber.
Vivo queriendo saber. Trabajo mucho formando círculos; luego, sin trabajo: los hago desaparecer. Me escondo de la gente que sabe lo que debo hacer. Ellos creen que saben. Vivo queriendo saber.
Vivo queriendo saber. Tengo 38 años, hay muchas cosas que sé. Estoy en este mundo y no sé para qué. Llegué a este mundo con un cuerpo vivo, y un enorme potencial para grandes cosas hacer. Hoy tengo 38 años. 38 años puede parecer mucho tiempo; quizás lo es... Hay cosas que no sé.
lunes, 28 de febrero de 2011
miércoles, 12 de enero de 2011
Un clavel blanco
Siempre será difícil tan siquiera imaginar lo que sucederá al paso del tiempo con la gente que conoces...
Morena como el fuego, de ojos altivos y distraída con no sé que pensamientos sin importancia de los que tiene cualquier muchacha a los 16 años: caminé con ella un momento.
Gastamos esos minutos juntos con alguna plática acerca de las flores... algo de si el color tenía algún significado.
Yo estaba en la parte baja de los 17, a punto del tercer out. Con toda la sabiduría que pude juntar a esa edad: jamás me habría podido imaginar que una mujer le regalara flores a un hombre. Aún y tuvieran el significado que fuera.
Por esos mismos días, conocí a la que, con un poco de paciencia: se convertiría en mi mujer. Alguna vez volvimos a platicar ella y yo (la morena) aunque con menos trascendencia que la primera vez. El destino, el de la voz fuerte; había decidido: ella y yo no tendríamos camino común.
Fueron muchos los años que se juntaron para volver a saber de ella, comenzaron siendo rumores. Hubo una vez que estuvimos sentados a menos de 3 metros uno del otro. Vi pasar a una de sus hijas (no sé cuantas tiene). Quise indagar algo de su vida con lo que me pudiera decir la vista de reojo. Sea lo que sea; se ve alegre. Me dio gusto. Parece que no le importa lo que la gente habla de ella. Quizás ya se acostumbró. Las prostitutas de pueblo tienen que hacerse a eso. Ahí no es posible una doble vida.
No puedo decir que tiene un lugar en mi corazón. Faltó mucho tiempo para algo así.
Nunca respiré su aliento, ni sentimos la desesperación de que terminara el día para volver a encontrarnos. Nunca supe su cancion favorita ni si le gustaba el cine o el atardecer. Ni su sabor favorito, ni descubrirla algún día que me estuviera haciendo una broma.
Somos algo cercano a un par de desconocidos.
Aún así: en mi pensamiento tengo un lugar al que llamo "Y si hubiera..." Y ahí hizo su lugar una de las prostitutas del pueblo, la que tiene hijos de no se cuantos padres, la que sabe que mientras ríe con algunas vecinas, habrá otras que no le dirigirán ni la mirada. O la muchacha morena como el fuego, la de ojos altivos, que una vez cuando tuvo 16 años; quería regalarme una flor.
Morena como el fuego, de ojos altivos y distraída con no sé que pensamientos sin importancia de los que tiene cualquier muchacha a los 16 años: caminé con ella un momento.
Gastamos esos minutos juntos con alguna plática acerca de las flores... algo de si el color tenía algún significado.
Yo estaba en la parte baja de los 17, a punto del tercer out. Con toda la sabiduría que pude juntar a esa edad: jamás me habría podido imaginar que una mujer le regalara flores a un hombre. Aún y tuvieran el significado que fuera.
Por esos mismos días, conocí a la que, con un poco de paciencia: se convertiría en mi mujer. Alguna vez volvimos a platicar ella y yo (la morena) aunque con menos trascendencia que la primera vez. El destino, el de la voz fuerte; había decidido: ella y yo no tendríamos camino común.
Fueron muchos los años que se juntaron para volver a saber de ella, comenzaron siendo rumores. Hubo una vez que estuvimos sentados a menos de 3 metros uno del otro. Vi pasar a una de sus hijas (no sé cuantas tiene). Quise indagar algo de su vida con lo que me pudiera decir la vista de reojo. Sea lo que sea; se ve alegre. Me dio gusto. Parece que no le importa lo que la gente habla de ella. Quizás ya se acostumbró. Las prostitutas de pueblo tienen que hacerse a eso. Ahí no es posible una doble vida.
No puedo decir que tiene un lugar en mi corazón. Faltó mucho tiempo para algo así.
Nunca respiré su aliento, ni sentimos la desesperación de que terminara el día para volver a encontrarnos. Nunca supe su cancion favorita ni si le gustaba el cine o el atardecer. Ni su sabor favorito, ni descubrirla algún día que me estuviera haciendo una broma.
Somos algo cercano a un par de desconocidos.
Aún así: en mi pensamiento tengo un lugar al que llamo "Y si hubiera..." Y ahí hizo su lugar una de las prostitutas del pueblo, la que tiene hijos de no se cuantos padres, la que sabe que mientras ríe con algunas vecinas, habrá otras que no le dirigirán ni la mirada. O la muchacha morena como el fuego, la de ojos altivos, que una vez cuando tuvo 16 años; quería regalarme una flor.
lunes, 2 de agosto de 2010
¡Buenos días!
Está amaneciendo, me despertó el sol tocando a la puerta. Nunca he entendido para que lo hace, nunca me levanto a abrirle. Escucho el murmullo de mis dedos ¡chismosos! nunca están un momento silencios. Los 5 juntos: cómplices, hiperactivos; todavía amodorrados: buscan tu cintura. Les encanta buscar a ciegas, hacen una reverencia al encontrar tu cadera ¡hipócritas! sólo buscan ganarse tu confianza, lobos con piel de oveja. Caballerosos, en su faceta de ésta mañana: se siguen hasta tu cara, de puntitas, como en piso recién trapeado, como sin querer hacer ruido. No me pidas repetir todo lo que decían bajito por el camino ¡Sinvergüenzas!
Una de mis rodillas despertó azorada. Rodó toda la noche, y ahora semiconsciente: no sabe dónde está. Sin saber lo que hace: se abre camino entre las tuyas, no le importa despertar a nadie con sus movimientos bruscos. Otra vez en su lugar: se duerme tan rápido como se despertó.
El sol, igual que un gato: ya está en la ventana: precavido, se asoma primero, pero como siempre; acaba por entrar. Ya adentro olvida su inicial timidez y empieza a buscar con qué jugar. A veces en la foto del buró, otras el espejito de la niña, hoy se detuvo en tu cabello. No sé que polvos se carga siempre, que cuando lo toca; lo deja brillando. Esto desvía a mis dedos de su destino. Charlan con el sol de esas cosas que no significan nada, al tiempo que peinan tu cabello, untándolo a la vez, de sol. El sol se despide, debe continuar su camino para que no se le haga tarde, lo espera el polvo perezoso en la cabecera. Los dedos llegan a tus mejillas, revisan su suavidad y se recuestan, empujándose un poco por el mejor lugar, terminando por tomar orden a la voz del índice.
Los sonidos de amanecer revolotean al rededor. Aves y autos en la calle tomado vida. La respiración y murmullos adormilados de los niños, que llevan su propio mensaje y contestación. Sólo otra señal de que la noche ya nos dejó.
Mis ojos, testigos del sol y sus averías: continúan en ti. Voyeristas de vocación, escondidos detrás de sus respectivos párpados. No hay palmo de ti que no conozcan, y sin embargo: te buscan ávidos de partes escondidas. Entre las sábanas, entre tus dedos, por entre tu pelo. Cualquier ruido y se hacen los disimulados. Cada uno piensa que es el único. Tontos, mudos y separados; nunca se darán cuenta, y es lo mejor. Son un par de celosos sin remedio, el único modo que han tenido de defender nada; ha sido con suaves, inútiles y estorbosas lágrimas.
Mi boca, hedonista experta: no hace ningún esfuerzo por resistirse. Como puedo la repliego, pero ya es tarde. De un solo movimiento y sin obstáculos; llegó a tus labios totalmente desprotegidos.
Creo que despiertas, aunque no estoy seguro; y me miras con ojos de bebé de días. Tu lengua reniega mucho antes de cumplir su trabajo: con tan poco oficio que apenas la puedo entender:
¡Ya duérmete, es domingo!
Dice tu voz que a duras penas se eleva hasta mis resignados oídos, para luego desvanecerse en el piso, con un amanecer que no acaba de llegar y ya se va. Amistad efímera que se diluye por las coladeras del baño.
Una de mis rodillas despertó azorada. Rodó toda la noche, y ahora semiconsciente: no sabe dónde está. Sin saber lo que hace: se abre camino entre las tuyas, no le importa despertar a nadie con sus movimientos bruscos. Otra vez en su lugar: se duerme tan rápido como se despertó.
El sol, igual que un gato: ya está en la ventana: precavido, se asoma primero, pero como siempre; acaba por entrar. Ya adentro olvida su inicial timidez y empieza a buscar con qué jugar. A veces en la foto del buró, otras el espejito de la niña, hoy se detuvo en tu cabello. No sé que polvos se carga siempre, que cuando lo toca; lo deja brillando. Esto desvía a mis dedos de su destino. Charlan con el sol de esas cosas que no significan nada, al tiempo que peinan tu cabello, untándolo a la vez, de sol. El sol se despide, debe continuar su camino para que no se le haga tarde, lo espera el polvo perezoso en la cabecera. Los dedos llegan a tus mejillas, revisan su suavidad y se recuestan, empujándose un poco por el mejor lugar, terminando por tomar orden a la voz del índice.
Los sonidos de amanecer revolotean al rededor. Aves y autos en la calle tomado vida. La respiración y murmullos adormilados de los niños, que llevan su propio mensaje y contestación. Sólo otra señal de que la noche ya nos dejó.
Mis ojos, testigos del sol y sus averías: continúan en ti. Voyeristas de vocación, escondidos detrás de sus respectivos párpados. No hay palmo de ti que no conozcan, y sin embargo: te buscan ávidos de partes escondidas. Entre las sábanas, entre tus dedos, por entre tu pelo. Cualquier ruido y se hacen los disimulados. Cada uno piensa que es el único. Tontos, mudos y separados; nunca se darán cuenta, y es lo mejor. Son un par de celosos sin remedio, el único modo que han tenido de defender nada; ha sido con suaves, inútiles y estorbosas lágrimas.
Mi boca, hedonista experta: no hace ningún esfuerzo por resistirse. Como puedo la repliego, pero ya es tarde. De un solo movimiento y sin obstáculos; llegó a tus labios totalmente desprotegidos.
Creo que despiertas, aunque no estoy seguro; y me miras con ojos de bebé de días. Tu lengua reniega mucho antes de cumplir su trabajo: con tan poco oficio que apenas la puedo entender:
¡Ya duérmete, es domingo!
Dice tu voz que a duras penas se eleva hasta mis resignados oídos, para luego desvanecerse en el piso, con un amanecer que no acaba de llegar y ya se va. Amistad efímera que se diluye por las coladeras del baño.
lunes, 23 de noviembre de 2009
El día
Una noche casi como cualquiera, vas solo por la calle, no lo habías notado, pero hasta respirar te cuesta trabajo. El ambiente no es normal. Las imágenes no son claras, la oscuridad no es sólo falta de luz, ésta oscuridad se palpa. No hay sonidos, te acompaña sólo el ruido de tus pies rozando el suelo, ¿o no? Ese vacío en los tímpanos te marea. Te das cuenta que no se mueve nada aparte de ti, ni el viento, ni las nubes, no insectos ¿Gente? hace mucho no ves a nadie, no coches, no aves, no nada. Solo una sensación que no sabes de dónde viene, pero es tan segura como tu nombre: no estás solo.
Pero, entonces ¿quien es? Sabes que está ahí, te lo dice la piel, pero ¿dónde? ¿qué quiere? ¿por que no da la cara?
Sabes que él sabe, y nadie; excepto tú y él saben eso que nunca nadie supo. Piensas otra vez en huir, pero ya lo entendiste; no hay escape. Piensas en gritar para demostrarle que no le temes, enseguida lo descartas. Inventarte una actitud te sirvió en otras condiciones, ésta vez no: él sabe. Valor, alarde, soberbia... nada.
El momento llegó, de alguna forma ya lo sabes. No puedes controlar tu corazón. Finalmente te resignas, tomas aire y en cuclillas esperas. Te sabes culpable, en eso no hay sorpresas, pero ¿que viene?
Pero, entonces ¿quien es? Sabes que está ahí, te lo dice la piel, pero ¿dónde? ¿qué quiere? ¿por que no da la cara?
Sabes que él sabe, y nadie; excepto tú y él saben eso que nunca nadie supo. Piensas otra vez en huir, pero ya lo entendiste; no hay escape. Piensas en gritar para demostrarle que no le temes, enseguida lo descartas. Inventarte una actitud te sirvió en otras condiciones, ésta vez no: él sabe. Valor, alarde, soberbia... nada.
El momento llegó, de alguna forma ya lo sabes. No puedes controlar tu corazón. Finalmente te resignas, tomas aire y en cuclillas esperas. Te sabes culpable, en eso no hay sorpresas, pero ¿que viene?
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